Mi querido Sergio:
Queridísimo en realidad. Sí, no te extrañes. No me pongas esa cara de "eso no va conmigo", que ya te veo. Te conozco lo suficiente para imaginarte con ese gesto tan típico tuyo.
Pero ayer... Te tendrías que haber visto. Esa gelidez, ese cálculo, porque esa expresión iba predefinida, seguro, segurísimo, desde el momento en que resolviste decírmelo. Ya te veía yo un poco raro. Como raro me pareció también que quisieras quedar conmigo con tanta urgencia. Mi cerebro fantástico quiso engañarme con otras ideas. Soy una enamorada de lo inverosímil. Qué le voy a hacer.
Que te ibas, decías. Eso. Por no sé qué y a no sé dónde. Ya no atiné después de clavarme ese "me voy", tan escueto y fino que me atravesó limpio. Y tú hablando y hablando, no se de qué, pero con tono de justificación, que es lo único que capté después del shock. Y mientras gesticulabas y hacías pausas al ritmo de un sorbo de café, comprendí entonces lo que había sucedido en las últimas semanas. Hacía tiempo que lo sabías y, como buen previsor, me suministraste tu ausencia próxima a cucharadas. Tres veces al día, cada ocho horas. Un desacostumbramiento progresivo.
Pero ¿por qué progresivo? ¿Para que no me doliera tanto? Ya. Claro. Algo debes de haber notado. A veces soy muy transparente, aunque intento disimularlo y hacerme la dura. No, no soy nada dura. Te quiero, aunque no sea "lo conveniente", que dirían algunos. Te quiero y nunca he tenido lo que hace falta para soltártelo a la cara, como una hostia bien dada, a ver si te enteras ya de una vez.
¿Ves? Ya me hago la dura otra vez, y eso que no te tengo delante. No sé por qué me provocas esa reacción. Será el muro de protección que crea la incertidumbre. Nos conocemos de hace mucho, pero hay partes de ti que siempre me han resultado impenetrables. Tú ahí, como un dios, irrefrenable, comiéndote el mundo con la boca ancha, pecho fuera, esa energía arrolladora que te envuelve en un torbellino y te eleva, y me has hecho dar vueltas incansables sobrevolando la polución de la urbe, hasta el cielo, hasta la luna, hasta donde tú ni siquiera sospechas. O tal vez sí, y sea más fácil ignorar los desastres que siembras a tu paso. Ya fantaseo. Mejor lo dejo.
Pero la triste realidad es el papel este maldito en el que escribo sandeces. Que he besado mil veces para asegurarme de que tus dedos inconscientes toquen mis besos al sostenerlo tras abrir el sobre. Éstos son besos distintos. No son ésos de mejilla que acaban dados al aire. Éstos son verdaderamente tuyos, imperecederos gracias al retén del papel. Ahí quedarán siempre, para que roces una y otra vez la huella invisible de decenas de labios iguales.
Pero qué digo. Tú esta carta nunca la vas a recibir. Me sentiría más idiota de lo que me siento ya si leyeras esto. Y encima se me ha corrido la tinta en el "me voy" con ese lagrimón que se me ha escapado.
Lo siento, ya no puedo. Ahí va un trocito de corazón. O no, peor aún: se queda sin entregar. Reservado, sin posibilidad de entrega. Inútil ya de por vida.
No hacen falta formalismos de despedida, ¿verdad? Ya da igual.